martes, 23 de octubre de 2007

La sirena del Titikaka

De repente comprendió que no encajaba en nada de lo que tenía, que esa no era la vida que quería para ella. Ni su reciente marido, con el que estaba disfrutando de la Luna de miel, ni su trabajo, ni su casa, ni tan siquiera la ciudad en la que vivía, y en la que se había dado cuenta de que no estaba dispuesta a pasar el resto de sus días.

Abandonó la habitación y pasó por el bar del hotel donde su marido estaba viendo alguno de los tantos partidos de fútbol. Le dijo que salía a mirar los puestos de la ciudad para comprar algo.

Comenzó entonces a caminar sin rumbo fijo por Copacabana, hasta que sus pasos le llevaron al lateral de la catedral, a la capilla de las velas. Esa mañana, cuando habían visitado el edificio no habían reparado en ella. Con curiosidad entró y mientras avanzaba por el angosto recinto sintió la solemnidad y espiritualidad que tienen todos los lugares religiosos.

La capilla, pintada completamente de negro, estaba iluminada gracias a la luz de miles de velas encendidas por aquellos que iban a orar. A penas había gente, tan sólo dos mujeres a las que oía murmurar en una lengua extraña para ella. Mientras se acercaba a un rincón pensó que no importaba no entender las palabras, el sentido era el mismo.

Maravillada por la intensa luz que emitía, comenzó a rezar. No era una persona católica, o al menos, practicante, pero no le importó. Oró por todas sus faltas a todos los dioses que conocía, a la Madre Tierra, a cada uno de los seres vivos y cada una de las personas del mundo. Y cuando terminó, sin saber el tiempo que había pasado allí sintió todo su cuerpo libre.

Sin darse cuenta sus pasos comenzaron a dirigirle hacia el lago Tititaka, y sin pensar, porque ya no había más pensamientos, porque sabía exactamente lo que tenía que hacer, porque se dio cuenta de que era una con el mundo, se sumergió en su profundidad.

Muchos habitantes de la ciudad dicen que la turista triste se convirtió en sirena del lago, y aseguran haberla visto algunas noches abandonar esa condición para pasear por la ciudad hasta desaparecer en la capilla de las velas. ¿Pero quién sabe?

5 comentarios:

  1. preciosa entrada, como siempre... me dejas sin palabras...

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  2. Nosotras ya somos sirenas del lago; renacimos en la isla del Sol como hizo Gemma.
    La Virgen de Copacabana y tu regalo, Elisa, harán el resto. ;)

    Próxima estación: Buenos Aires.

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  3. Uuuuuuuuaaaauuuuuuuuuuuuuuuuuuuu.No puedo decir otra cosa. Creo que te afecto conocer al poeta chileno y te traspaso la inspiracion, jajaja!
    La verdad es que daba por pensar, no creeis? Yo ya lo habia vivido de forma mas espiritual y renaci, como dice Bea. Pero vivirlo con vosotras, pasear por la isla del Sol y tomar agua del la fuente del Eterna Juventud fue... fantastico y no lo olvidare!

    Besos

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  4. Qué tonta, no creo que justo en esto tenga nada que ver el poeta chileno :P se me ocurrió sin más la historia. ¿Renacimos al beber el agua de la eterna juventud o simplemente nos encontramos a nosotras mismas?

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  5. El agua prurifica en todas las culturas, pero siempre es simbolo de principio y de fin, es el unico elemento de la tierra que es capaz de tener varios estados (solido,liquido y gaseoso y en la actulidad existen 9 estados mas) asi que "se agua" que cada uno busco su lago o que espere su sirena.

    de sudamerica a europa y al mundo entero

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